lunes, 20 de agosto de 2018

Diplomado 2018 - 2019


Con todo gusto los esperamos.
Difunde por favor.





domingo, 29 de julio de 2018

Camposanto


Hoy he visitado el Campo Santo, me gusta más este nombre que panteón o cementerio, aunque tengan el mismo sentido. Prefiero pensar que todo lo que existe es sagrado, es santo, pues en todo está la presencia del creador, de la energía universal, de Dios, o como se te ocurra llamar a lo misterioso.
En el Camposanto de mi pueblo hay una generación a la que valoro de manera muy significativa. Es la de mis de mis padres y mis abuelos. Aquellos que cuando eran niños les tocó vivir una guerra civil, sin siquiera saber cuáles eran los buenos y los malos de la película. Ellos con su incansable esfuerzo nos enseñaron el valor del trabajo, de la familia de la tolerancia y la adaptación a estos tiempos, raros para ellos, acostumbrados a salir con las lluvias de octubre a buscar setas, y ver que sus nietos o biznietos salen a buscar pokemones. Esa generación merece toda mi admiración, y siempre que tengo oportunidad, pido un sentido reconocimiento hacia ellos; algunos, como mi madre están presentes en sus cuerpos con vida, otros como mi padre trascendieron el cuerpo y aquí, en el camposanto están sus restos y una fotografía que hace que recordemos y revivamos la historia. Hoy con mi primo Emilio, recorrimos este hermoso lugar, en el cual por cierto hay más habitantes que en el pueblo, nuestro pequeño viaje fue sin duda, un buffet donde recordamos lo mejor de cada uno de los que recordamos al ver su retrato. Nuestros padres, nuestros abuelos y muchísimos vecinos del lugar al que pertenecemos y del que mamamos la leche que hoy nos hace ser quienes somos. Va en estas letras mi gratitud y admiración por la generación de mis padres y abuelos, y si algo de esto mueve tu inspiración, reconoce y busca en tus recuerdos a los tuyos, es un banquete hacerlo.

En la lápida de mi tío Emilio aparece el inicio de unos versos de Jorge Manrique, que por cierto murió en mi pueblo; “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…”, y ahora que tengo un rato de nostalgia y de pensar, quiero escribirlo completo, pues me inspira para meter en mi caja de herramientas este pedazo de sabiduría para mi “filosofía de apoyo” que da sentido a los sinsentidos de la vida humana, como son el dolor y la muerte:

“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir;
Allí van los señoríos, derechos a acabarse y consumir;
Allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos,
Allegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos”.

Pienso que tener una filosofía de apoyo, en el caso de la enfermedad y la muerte, es un buen automotivador del vivir cotidiano, que, con frecuencia, por el tedio de la rutina, pareciera carecer de sentido cuando vemos a los nuestros, a los cercanos, sufrir o morir.

Visitar el lugar donde están sepultados los cuerpos donde habitaron nuestros seres queridos, o sus cenizas; hoy me inspiró, me llenó de sentido y me energizó, para que ahora, en este momento que es lo que tengo y lo que soy, mi cuerpo, aún con vida refleje el ser sagrado y divino que lo habita. Deseo que mi cuerpo sea un lugar digno para que habite mi espíritu ¿Y tú?

Con mi cariño de siempre: José Luis   
joseluis@dordesa.com  www.dordesa.com

domingo, 27 de mayo de 2018

Ancestros y descendientes

Qué dicha ver a los que nos dieron la vida física, mirarnos y ver el fruto de sus esfuerzos. Qué esperanza para los que estamos en medio del ajetreo educador de nuestra descendencia, pensar que algún día, cuando nosotros estemos donde ahora nuestros padres y nuestros hijos donde nosotros, también tendrán los recuerdos de lo que hoy sembramos.

Así siento el placer de vivir hoy, por un lado, escucho, contemplo y admiro a mi madre, de la que tengo el don de recibir de sus ochenta y ocho bien vividos la gran sabiduría de pasar por esta tierra transformando para bien. Por el otro veo a mis hijos con la mirada puesta en el horizonte de la realización, a través de encontrar el sentido de su existir en el cuerpo mortal, mostrando lo inmortal de su ser. Y en el plano más profundo veo a mi par y a mí, en el empeño por que la madurez se traduzca en gratitud y modelaje de unos y de otros, para acompañarnos en este vivir cotidiano, encontrando la diversidad de cada día.
Dejar ir, consiste, a mi corto modo de ver en esto: apegarte y desprenderte, abrazar y soltar, llegar al éxtasis y volver a lo cotidiano.
Ver a mi madre y a mis tías, y a la gente grande de mi pueblo; y digo grande refiriéndome a la edad y a profundidad, porque veo sus años acumulados en un cuerpo y su mirada sabia, que recorre la historia de sus padres a sus nietos, con la integración que propicia lo bien hecho, por la intención de hacerlo así, no porque el método o el resultado hayan sido mejores o peores que otros. Y eso para mí se convierte en modelo, en testimonio, en emulación y ganas de vivir en plenitud.
Tomar todo lo que puedo de la vida y ofrecer todo lo que tengo para ella misma es una tarea que me apasiona. Afortunado soy y lo describo en la presentación que hice cuando fui invitado a ser “el pregonero” de las fiestas de mi pueblo de este año:
“Me considero afortunado por encontrarme cada día, con seres humanos en búsqueda. Conjugar el trabajo con la familia, es una continua satisfacción porque me da oportunidad de aprender de cada ser humano, sin importarme la raza, la creencia religiosa, el color de la piel, el estrato económico o la personalidad. De cada encuentro, de cada persona, aprendo; mi vida tiene sentido y comparto mi ser en un acto continuo de gratitud a los demás, a la naturaleza y Dios”. 
“Hoy mi fortuna se multiplica al ser invitado a mi pueblo, a mi origen, a la tierra de mis padres y abuelos, a mi propia tierra, a promulgar en voz alta el inicio de las fiestas en honor de la Virgen del Amparo; símbolo de unión, pertenencia, armonía y encuentro de todos los que nos consideramos sus hijos, hijos de Santa María”.
Santa María es mi pueblo natal, y la virgen del Amparo, más una creencia religiosa es el símbolo de que la gran Madre nunca muere, y que pasan generaciones, pero se mantiene la pertenencia.
Aprendo de mis antepasados y pretendo modelar para los que vienen detrás de mí, sin otro afán que amar y ser amado y pasar por este planeta, por este cuerpo transformando para el bien, para el encuentro, para la vida.
Gracias a ti que lees lo que yo escribo, que no tiene la finalidad de contarte mi vida, sino que al escuchar la mía te conectes con la tuya, y descubras en tus ancestros la gran riqueza que hoy te hace ser quien eres; y en tu descendencia la esperanza para ver la luz en medio de la sombra.

Con mi cariño de siempre: José Luis 
joseluis@dordesa.com  www.dordesa.com