miércoles, 12 de enero de 2011

¡A LA MUERTE DE DON VÍCTOR, PADRE DE MI AMIGO!

Todos vamos quedando huérfanos, unos incomprensiblemente a temprana edad, otros más tarde conformados hasta cierto punto por una lógica humana que nos hace creer que hasta en la muerte debe haber un orden, y que si se es ya grande, ya había cumplido su tiempo…aunque bien a bien no sepamos ni lo que es el tiempo, ni lo que es cumplimiento en el ser humano, siendo todos en la misma especie, tan distintos y tan complejos, como complejo es el misterio y las circunstancias propias de cada vida.

Mi compadre, socio, amigo, y compañero de aventura laboral perdió a su padre hace unos días, allá en Castilla, la Mancha, por donde el caminar del Quijote, en España. Y se fue, sólo pude despedirlo por teléfono, imaginando su preocupación por la gravedad en ese momento de su progenitor, que ha de haberle pesado más que cualquier maleta que llevara. ¡Cuántas cosas pesan más que los kilos que registramos o aparentemente cargamos! ¡Qué largas se hacen las horas cuando se espera! Pero, llegó a casa y lo pudo ver, unas horas antes del deceso, y eso, a todas luces, alivió la carga, la preocupación, el dolor y la separación definitiva.

Sin embargo me alegró mucho verlo de regreso: Sereno, y con una carga positiva en el corazón, no ya con el peso de ida, sino con la motivación para continuar en el sendero de la vida.

Y ante este acontecimiento, aprendí varias cosas que les comparto:

Una, reafirmé la importancia de la familia, las raíces que decimos, pues, lo escuché narrarme cosas de su pueblo, los rituales, el encuentro con los conocidos, las charlas contando lo que no se sabía del difunto, el encuentro con el cura de siempre en su pueblo, el frío de la temporada como para que hasta la piel le recordara climas de la región, la familia cercana, y el sentirse todos unidos en el fogón alrededor de la madre.

Otra, es ese sentido de orfandad, que aunque seamos mayores lo sentimos. El significado de Padre o Madre, es muy fuerte, es vital, nos marca. ¡Y tal vez nos pasa lo mismo con el Padre de la creación, y tal vez ese sea el sentido del infierno, el “sentirnos huérfanos para toda la eternidad”! Pues, al fin creaturas, estamos hechos de un principio, y tenemos un final, y alejarnos de ese principio nos duele, y como es un principio de amor, nos engancha en la continuidad de la vida, en ese eslabón que sigue con el otro, el hijo…que enganchará a su vez al otro…y sentirnos desenganchados de ese principio, por no amar, nos quitará el sentido de la existencia.

Y por esos días discutí también con la frase de Saramago que dice: “Las tres enfermedades del hombre actual son, la incomunicación, la revolución tecnológica, y su vida centrada en el triunfo personal” y pensé en el poblado de mi amigo, y en su papá, y entonces los visualicé muy sanos, todavía muy sanos, por estar lejos del mundanal ruido.

Ahí se da toda la comunicación posible, todos se conocen y se saludan, y saben quién muere, y todos van a la casa y se meten, así, sin muchos miramientos, y van al cortejo, y cuentan la vida del que murió, y cooperan, y dan una limosna que se cuenta para ver cuántas misas alcanzan a decir con ese dinero, comparten todo, hasta en la muerte.

No tienen todavía mucho de la tecnología actual, por lo que ni nos podíamos comunicar, pero, tienen todavía mucho de la naturaleza, hay cercanía, hay acompañamiento, real, no virtual, y por tanto hay encuentro en el bar, en las calles, en las casas, cara a cara, sin encerrarse en sus máquina de cada quien, y en cada casa.

Y su triunfo personal, quedó muy lejos de lo que ahora entendemos. Por eso Don Víctor a sus ochenta y siete años, había sido pastor de ovejas, y pastor de su familia, y su triunfo fue ese, tener a sus cinco hijos y a su esposa reunidos, amándolo, amándose, haciendo algo por los demás en el mundo. De manera que tal vez un moderno citadino, no envidiaría su vida, pero, tal vez sí su muerte. ¡Cuántas vidas nos pueden parecer despreciables ante la mirada moderna, cuyo fin es ganar el mundo entero, pero, sus muertes envidiables, porque en el punto de muerte nos cuestionamos esas vidas! ¿De qué sirve ganar el mundo entero si nos perdemos, si perdemos la libertad, si perdimos el encuentro, y el gozo verdadero de vivir sirviendo? ¿De veras la vida es como nos dice esta sociedad de consumo, para lucir, apoderarse, tener, apantallar, y…morir de todos modos, pero, solos, despreciados, no amados, ni llorados?

¡La muerte nos sigue enseñando las buenas maneras del vivir!

Y la familia se hizo más fuerte con este acontecimiento, y aunque volvieron a dispersarse por el mundo, llevan lo esencial: Raíces, salud y alas. ¡Y regresó a nuestro México y a su familia!

Y hubo serenidad para seguir viendo la vida como este continuo en el que hay que seguir sembrando con alegría, porque al final sí hay frutos, buenos o malos, querámoslo o no.

y así fue nuestro abrazo a su regreso, como cuando yo regresé de mi ciudad a la muerte de mi padre, con un abrazo de esperanza, y un pacto de seguir luchando por la buena vida.

Y como para afirmarlo, nuestro encuentro fue, en un restaurante donde esperábamos a un empresario padre de varios hijos, y de otros más, para un desayuno de trabajo.

¡Paradojas que tiene la vida!

JUAN IGNACIO.

martes, 2 de noviembre de 2010

Desayuno Diplomado 2010-Julio

Otoño que purifica

Cada estación tiene su sentido, cada momento su gracia. El otoño es la estación de la limpieza, de la purificación, el mejor ejemplo nos lo dan los árboles que tiran sus hojas, se quedan pelones para después en la primavera reverdecer.

Noviembre es un mes situado en el otoño y que además se caracteriza por que en su comienzo celebramos el día de los muertos. Muerte, desprendimiento, limpieza, pero con un sentido. Así como las hojas de los árboles se convierten a través de un proceso, en abono para la tierra de modo que sea ésta más fértil; del mismo modo la muerte, la pérdida tiene ese sentido, de fertilidad.

El paso de la muerte a la vida, es más difícil de asimilar que el del nacimiento. Nace un niño y todos nos alegramos, muere un anciano y lo lloramos. De cualquier forma sabemos que desde el nacimiento estamos destinados a la muerte, sin embargo es un difícil paso.

El año padado le tocó a la tía Martha, aún la recuerdo con su sonrisa, con su presencia cada vez que íbamos a Aguascalientes, con su dedicación y detalles con mis hijos, con su entusiasmo y anecdotario ante sus nietos, con la fuerza para vivir y luchar contra el cáncer preocupada por dejar a sus hijos integrados y felices, con las ganas de vivir y con la resignación forzosa a declinar.

También se fue la mamá de Viky, una gran señora que todos los que la conocieron hablan bien de ella, de su dedicación y entusiasmo ante la vida, de su fortaleza ante las adversidades y de la bondad en sus relaciones.

Y así tenemos todos experiencias de personas que nos dejan cada año, y cuando más grandes de edad somos, más conciencia tomamos de la levedad de nuestra existencia en el planeta.

Cuando los seres humanos tomamos conciencia de que nuestra estancia como inquilinos en este cuerpo mortal es pasajera, vamos entendiendo que el apego a los bienes materiales y la acumulación, carecen de sentido; y que quedarnos con viejos rencores y con experiencias que nos cobran caro por vivir en nuestra mente, sólo acarrea enfermedades mentales y emocionales que nos aprisionan. Entonces comienza junto con la conciencia, el DESAPEGO.

Apegarse y desapegarse es de sabios, es como abrazar y soltar, es disfrutar el momento y dejar atrás lo vivido llevando con nosotros sólo la experiencia; es decir, después de cada experiencia vivida tomamos conciencia de que ya pasó, decidimos que no nos la llevamos, que no queremos que se repita, que si mañana tenemos otra oportunidad igual vamos a vivir de nuevo la experiencia, que cada momento es único. Descubrimos así que la vida y la muerte, que la alegría y la tristeza, pasan, por tanto lo adecuado es disfrutar y vivir plenamente y en seguida soltar. Esto es fluir, esto es vivir con sentido, esto es estar en Dios, esto es vivir profundamente lo esencial y soltar lo superfluo.

Por eso este Otoño, este Noviembre, el día de muertos, nos puede servir para desprendernos, para dejar vacía nuestra mente cada noche, de manera que sea como la taza vacía para que al día siguiente se pueda llenar de vida, de experiencia y que la noche siguiente de nuevo la vaciemos para volverla a llenar, entonces nos vamos haciendo sabios y grandes, de lo contrario sólo nos iremos haciendo viejos.

Te invito a que te pongas en una postura cómoda, que relajes tu cuerpo, que pongas una música tranquila y que te traslades con tu imaginación a un bosque en Otoño, mira los árboles azotados por el viento y dejando caer sus hojas, cada día unas pocas, poco a poco se van quedando vacíos solos, tristes, desprendidos. Y en la película de tu imaginación ve poso a poco llegando al invierno sintiendo cómo se entierran las hojas y se van convirtiendo en abono. Y luego a la primavera, donde de nuevo se van llenando de hojas, va regresando el verde, va brotando la vida y cambia el ambiente.

Ahora mira tu vida y haz un símil, aprovecha este mes de noviembre para soltar, para desprenderte para dejar ir todo lo que ya viviste, suelta cada experiencia, cada relación, cada día para que en la mañana siguiente estés listo para llenarte con lo que la misma vida te brinda.

Deseo para ti y para mí esa sabiduría que nos permita soltar, desprendernos y fluir.

Con mi cariño.

José Luis

joseluis@dordesa.com

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