miércoles, 16 de marzo de 2011

En el humanismo hay primavera, cuando florece la cultura


¡Qué triste ver un Invierno, que se prolonga, cuando debiera ser ya Primavera!
¡Qué triste ver crecer la Tecnología, sin su complemento necesario, el Humanismo!
¡Qué triste ver las fuentes secas, los causes sin arroyos, y los volcanes sin glaciares!
¡Qué triste mirar personas que no gozan del supremo bien de la belleza: Vida, Bondad, Serenidad, y Pasión!

¡Qué triste escuchar pueblos que luchan por reivindicaciones económicas, y nunca por sus reivindicaciones culturales!

Y es triste por lo que se nos va secando por dentro y por fuera, la vida misma, la de la piel y la profunda, la del alma, aquella que marginamos mucho tiempo porque pensábamos que no sólo no debía existir, sino que nos humillaba su existencia.

Hoy, sabemos, y desde Carl Jung, con la fuerza de la ciencia, que no sólo existe, sino que si se seca, empieza a secarse toda esa ramificación a la que llamamos en nosotros, “vida”.

Ya decía Federico García Lorca desde 1934: “Bien está que todos los hombres coman, pero, que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del Espíritu Humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

Y preguntémonos, los que leemos este artículo, si vemos algo parecido ya entre nosotros. Ahora, claro está les llamamos “trabajólicos”, algo más eufemístico, en esta terrible organización social capitalista salvaje, que dicta leyes y políticas implacables sobre la belleza, sobre las clases sociales, sobre el estilo de vida, y sobre la economía. Y tiene los látigos de las masas, que te marginan si no vistes de tal manera, si no calzas así, si no pesas tantos kilos, si no usas tal moda, si no vas a tales antros, si no tienes amigos equis, si no consigues el carro o los aparatos tales, y quedas entonces resecándote en las rocas del olvido, la segregación, y la competencia.

Pero, ¿Cómo se alimenta el Espíritu? Con todo lo que es Bueno, Verdadero, y Bello. Por tanto, y sobre todo, con lo simple: La conciencia del aire que respiramos gratis, una puesta de sol, una hermosa conversación, platicar con los niños, esa música que arroba, una valiosa película, el teatro, la contemplación, los encuentros con las amistades y la familia, el servicio desinteresado al prójimo, la entrega alegre al trabajo que realizamos, la pasión por algo que nos desarrolla, y sobre todo la lectura.

Dicen del Padre de la revolución rusa, Fedor Dostoyevsky, que estando prisionero en Siberia, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, pedía socorro en carta a su lejana familia diciéndoles: ¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera! Y García Lorca explicaba, pedía libros, es decir horizontes, es decir escaleras para subir la cumbre del Espíritu y del corazón.

Llega la Primavera, y nos tiene que hacer pensar en nuestro florecimiento interior, en si estamos vivos o somos ya una máquina al servicio de la empresa, del Estado. Si florecemos porque hemos cuidado nuestro Espíritu, o estamos secándonos, y nos durará el invierno.

¡Cuidado, la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida! Y podemos estar rodeados de gentes agónicas, resecándose por el rencor, la frustración, la neurosis, dado que una vida que sigue las exigencias sociales, pero, no cuida su espíritu, nunca está satisfecha, nada le alcanza, siempre quiere más, la novedad, lo último, para que el ego lo presuma, y sea visto. Tiene pavor al “qué dirán”, le teme al hambre del cuerpo, pero, no al invierno interno.

Necesitamos Cultura, cultivar los valores que nos dan vida, que nos alimentan, que hacen florecer en nosotros la Primavera del Espíritu, liberándonos de la esclavitud social, y haciéndonos más ligeros y alegres en la vida. Así tendremos una sociedad viva, y no una sociedad de muertos por la lucha del Tener, y hambrientos en el Ser.

¡Feliz Primavera amigos, la de la estación que ya llega, y la de nuestro interior que nos reclama!.
CON MI CARIÑO: JUAN IGNACIO.

miércoles, 12 de enero de 2011

¡A LA MUERTE DE DON VÍCTOR, PADRE DE MI AMIGO!

Todos vamos quedando huérfanos, unos incomprensiblemente a temprana edad, otros más tarde conformados hasta cierto punto por una lógica humana que nos hace creer que hasta en la muerte debe haber un orden, y que si se es ya grande, ya había cumplido su tiempo…aunque bien a bien no sepamos ni lo que es el tiempo, ni lo que es cumplimiento en el ser humano, siendo todos en la misma especie, tan distintos y tan complejos, como complejo es el misterio y las circunstancias propias de cada vida.

Mi compadre, socio, amigo, y compañero de aventura laboral perdió a su padre hace unos días, allá en Castilla, la Mancha, por donde el caminar del Quijote, en España. Y se fue, sólo pude despedirlo por teléfono, imaginando su preocupación por la gravedad en ese momento de su progenitor, que ha de haberle pesado más que cualquier maleta que llevara. ¡Cuántas cosas pesan más que los kilos que registramos o aparentemente cargamos! ¡Qué largas se hacen las horas cuando se espera! Pero, llegó a casa y lo pudo ver, unas horas antes del deceso, y eso, a todas luces, alivió la carga, la preocupación, el dolor y la separación definitiva.

Sin embargo me alegró mucho verlo de regreso: Sereno, y con una carga positiva en el corazón, no ya con el peso de ida, sino con la motivación para continuar en el sendero de la vida.

Y ante este acontecimiento, aprendí varias cosas que les comparto:

Una, reafirmé la importancia de la familia, las raíces que decimos, pues, lo escuché narrarme cosas de su pueblo, los rituales, el encuentro con los conocidos, las charlas contando lo que no se sabía del difunto, el encuentro con el cura de siempre en su pueblo, el frío de la temporada como para que hasta la piel le recordara climas de la región, la familia cercana, y el sentirse todos unidos en el fogón alrededor de la madre.

Otra, es ese sentido de orfandad, que aunque seamos mayores lo sentimos. El significado de Padre o Madre, es muy fuerte, es vital, nos marca. ¡Y tal vez nos pasa lo mismo con el Padre de la creación, y tal vez ese sea el sentido del infierno, el “sentirnos huérfanos para toda la eternidad”! Pues, al fin creaturas, estamos hechos de un principio, y tenemos un final, y alejarnos de ese principio nos duele, y como es un principio de amor, nos engancha en la continuidad de la vida, en ese eslabón que sigue con el otro, el hijo…que enganchará a su vez al otro…y sentirnos desenganchados de ese principio, por no amar, nos quitará el sentido de la existencia.

Y por esos días discutí también con la frase de Saramago que dice: “Las tres enfermedades del hombre actual son, la incomunicación, la revolución tecnológica, y su vida centrada en el triunfo personal” y pensé en el poblado de mi amigo, y en su papá, y entonces los visualicé muy sanos, todavía muy sanos, por estar lejos del mundanal ruido.

Ahí se da toda la comunicación posible, todos se conocen y se saludan, y saben quién muere, y todos van a la casa y se meten, así, sin muchos miramientos, y van al cortejo, y cuentan la vida del que murió, y cooperan, y dan una limosna que se cuenta para ver cuántas misas alcanzan a decir con ese dinero, comparten todo, hasta en la muerte.

No tienen todavía mucho de la tecnología actual, por lo que ni nos podíamos comunicar, pero, tienen todavía mucho de la naturaleza, hay cercanía, hay acompañamiento, real, no virtual, y por tanto hay encuentro en el bar, en las calles, en las casas, cara a cara, sin encerrarse en sus máquina de cada quien, y en cada casa.

Y su triunfo personal, quedó muy lejos de lo que ahora entendemos. Por eso Don Víctor a sus ochenta y siete años, había sido pastor de ovejas, y pastor de su familia, y su triunfo fue ese, tener a sus cinco hijos y a su esposa reunidos, amándolo, amándose, haciendo algo por los demás en el mundo. De manera que tal vez un moderno citadino, no envidiaría su vida, pero, tal vez sí su muerte. ¡Cuántas vidas nos pueden parecer despreciables ante la mirada moderna, cuyo fin es ganar el mundo entero, pero, sus muertes envidiables, porque en el punto de muerte nos cuestionamos esas vidas! ¿De qué sirve ganar el mundo entero si nos perdemos, si perdemos la libertad, si perdimos el encuentro, y el gozo verdadero de vivir sirviendo? ¿De veras la vida es como nos dice esta sociedad de consumo, para lucir, apoderarse, tener, apantallar, y…morir de todos modos, pero, solos, despreciados, no amados, ni llorados?

¡La muerte nos sigue enseñando las buenas maneras del vivir!

Y la familia se hizo más fuerte con este acontecimiento, y aunque volvieron a dispersarse por el mundo, llevan lo esencial: Raíces, salud y alas. ¡Y regresó a nuestro México y a su familia!

Y hubo serenidad para seguir viendo la vida como este continuo en el que hay que seguir sembrando con alegría, porque al final sí hay frutos, buenos o malos, querámoslo o no.

y así fue nuestro abrazo a su regreso, como cuando yo regresé de mi ciudad a la muerte de mi padre, con un abrazo de esperanza, y un pacto de seguir luchando por la buena vida.

Y como para afirmarlo, nuestro encuentro fue, en un restaurante donde esperábamos a un empresario padre de varios hijos, y de otros más, para un desayuno de trabajo.

¡Paradojas que tiene la vida!

JUAN IGNACIO.